Vuelvo a ti en los páramos del cansancio extremo. Esta vez no es existencial, se trata de una clase de agotamiento físico improductivo que me impide gozar de mi fuerza acostumbrada.
Cada vez más lejos de mi mismo, cada vez más lejos de lo que era cuando era un niño. Porque ya no me dejan serlo. Y era entonces cuando una palabra al viento me caía en el oído, entraba y calaba, y allí se quedaba a descansar para siempre, como un aprendizaje… sin el como, un aprendizaje a cada segundo. Una absorción instantánea de todas y cada una de las cosas que el mundo me mostraba. Y eso no está más, se fue… mejor, se quedó en alguna parte de mi pasado. Como allí se quedaron mi cuerpo y mis sentidos, la esponja que era mí ser, la caja vacía de impresiones y la tabla rasa de mi mente. Cuando todo me parecía plausible… Y hoy, a los 23 años, veo desolado como la triste terquedad me cala, como la certeza odiosa anida en mi. En las actitudes de mi vida asidua descubro otro yo que no soy yo. Es un yo altivo, beligerante y lo suficientemente seguro de sí mismo como para agredir al otro diferente. Una altivez estúpida lucha para hacerme olvidar que un día fui el mundo, que en instantes soy el mundo, que en instante puedo comprenderlo todo. Suerte que el que está dentro me grita, me grita y me allana el camino hacia la esencia.
¿Adónde fue mi voz interior? No es de hoy que la he perdido. Se quedó a las orillas de las excursiones que el niño que fui hacia al río, en un caballo negro y feo. En esas mañanas con frío y libertades.
Y en mi van quedando huellas, en mi va quedando la vida. Apenas he empezado a ser adulto y el hastío por el futuro es la única salida posible… no la única, la única que me atrevo a tomar. Las hay otras, las puedo ver… ¿las tomaré jamás? Y lo más triste, ¿por qué siempre he podido ver las otras puertas? Desde siempre, desde que descubrí que mi vida no sería lo que yo quisiera, desde el día que supe que viviría ajeno a mi mismo… desde ese día intento huir. No, no lo intento. Sé que creo que quiero huir, y sigo mi vida, cobarde.
Podría entrar en un bucle extraño y postmoderno de ensoñaciones sin fin que me llevarían a donde estoy, a la quietud de mi silla incómoda, pero no lo haré.
Sólo dejaré constancia del fin, también, de mi era postmoderna. Tal vez los 18, tal vez antes, en algún momento descubrí la certeza de que todo era cierto… No, ahora es claro. Fue antes de esa edad. Con esa certeza ambigua articulé mi vida, llegando constantemente a quedar paralizado (llegar a estar paralizado) por la abrumadora existencia holística del mundo. El todo me invadía, entraba en mi, era capaz, soy capaz de entender todo sin discriminar nada, de creer todo sin juzgar… no por falta de voluntad, por falta de despertitud. En esos tiempos que pasaron ayer, no antes, la nada estaba justificada por el todo. No moverme era el resultado de la vorágines de mi alrededor. La sabiduría abrumadora paralizaba mi ignorancia.
Este estadio saltó… en algún momento indefinido pasó algo, extraño, que no recuerdo. Y en ese momento entendí que el postmoderno para y mira y nada más. ¿O ya lo recuerdo? La inspiración del viejo Zerzan, eso fue. Sin saber porque sigo sintiéndome estúpido cuando un libro o una persona me enseña algo. Prepotencia estúpida del estúpido ignorante. Zerzan y una maestra en política internacional, primero ella, detrás él, con dos definiciones breves y simplistas definieron mi era, definieron la esencia de mis pasos, postmodernos, aún sin método ni plasmación. Allí estaba yo, un postmoderno de 23 años sin escuela ni cultura, incógnitos para él Focuault, Derrida o el otro, que ya no recuerdo. Incógnitos totalmente. Ajenos, lejanos, aunque quizá ansiados (como, por otra parte, todos aquellos que han dicho algo interesante en el mundo. Si no fuera por mi vida finita…). Un postmoderno de supermercado en los 23 veranos desaprovechados tal vez en reflexiones profundas que acaban a un metro de la superficie…. No necesito más, desde 1 metro se ve el océano, si llevas buenas gafas y no olvidas que debes moverte para ver el resto. Una buena metáfora se me ha ocurrido aquí: siempre he pensado que para profundizar ya están los fanáticos de ése tipo de conocimiento, de ésa verdad, de ésa certeza… sobre ella lo sabrán todo; yo no, no lo necesito, solamente quiero cuidar mis gafas para que desde un metro de profundidad, tal vez algo más, me permitan ver todo lo que hay debajo, construirme una idea vaga, llena de sombras e inexactitudes pero que me sirva para saber que eso también existe. No necesito más, si sé que existe, sé que lo puedo entender, llegar a compartir. Si lo puedo compartir lo puedo mejorar… a otra cosa.
Este es mi cerebro, el que no se detiene, el que no profundiza, el que pica de todas partes, sabe algo sin saber nada, sabe algo porque sabe nada y salta y busca, en cada segundo, más allá del horror del cansancio. Ese es mi cerebro, siempre buceando a poca profundidad, pero buceando al fin…
Y decía a todo esto que el niño que fui ya no lo soy. Y a marchas forzadas voy olvidando lo que fui, y cómo fui y cómo llegué a ser lo que soy hoy. Aquí pierdo mi frágil razón: sé que existió mi infancia, pero no la puedo entender de nuevo si no la estoy sintiendo.
Dame tiempo y me pararé a recordar lo que fui en ese patio a las once menos diez, recordaré el aire de la felicidad en mi cara, los rincones de mi vida entera los recordaré y los veré y volveré a ser como entonces.
Dame tiempo y seré lo que soy. Quítamelo y solamente seré lo que debo ser.
lunes, septiembre 01, 2008
La vida tenue de la generación fugaz
Esta es la nuestra, la de Gudú, la que nos vemos forzados a vivir. No existen los sentimientos puros, no existe lo profundo, nada es, todo parece. Vivimos en una tenue versión de la realidad, impedidos de sentir, huyendo del sentir. Miedosos, temerosos de mirar adentro de nosotros, temerosos de mirar a los ojos de los demás y de oírnos decir cosas que no sabemos de nosotros. Llenando las horas de vacuidad y pasatiempos. Este es el mundo en qué vivo. Este es el mundo de los ricos que no ha de durar. No debería durar. El mundo en el que yo soy me invita cada día a los pensamientos cortos y vacíos. El mundo en qué vivo me ha hecho tener miedo de mí mismo. Hasta el punto de obligarme a dudar si hoy soy lo que soy o soy una sombra. Lo dudo, y lo dudaré… porque no tengo valor para comprobarlo.
La vida en la que no existe nunca nada suficientemente malo o bueno para hacerte cambiar de rumbo, la vida en la que nada es real, entre algodones se vive tranquilo, pero no plenamente. Sé que soy capaz de todos los sentimientos, incluso de los que no he experimentado aún… pero nada los despierta, nada los espolea. He vivido momentos grandes, plenos, buenos… pero siempre buenos. Porque en este mundo, debes avergonzarte de lo malo que hay en ti, de lo malo que te rodea, debes cerrar los ojos, debes pretender que no existe… Si lo pretendes, los demás lo aceptaran. Y eso, malo, no existirá.
La conversación banal, el sentimiento leve, la tenue seguridad del aciaguismo. Ahí estamos, hacia ahí andamos.
Mi vejez tal vez sería la vida de un adolescente, entretenido desde la butaca por los inventos recientes, pero sé que no llegaré. Porque el mundo no puede tolerar más de 50 años de vacío contra horror, de indiferencia frente a muerte. ¡No puede! La muerte siempre contraataca.
¿Qué será tan grande para levantarnos de nuestro sopor? ¿Qué será? Y sobre todo, ¿cuándo será?
La vida en la que no existe nunca nada suficientemente malo o bueno para hacerte cambiar de rumbo, la vida en la que nada es real, entre algodones se vive tranquilo, pero no plenamente. Sé que soy capaz de todos los sentimientos, incluso de los que no he experimentado aún… pero nada los despierta, nada los espolea. He vivido momentos grandes, plenos, buenos… pero siempre buenos. Porque en este mundo, debes avergonzarte de lo malo que hay en ti, de lo malo que te rodea, debes cerrar los ojos, debes pretender que no existe… Si lo pretendes, los demás lo aceptaran. Y eso, malo, no existirá.
La conversación banal, el sentimiento leve, la tenue seguridad del aciaguismo. Ahí estamos, hacia ahí andamos.
Mi vejez tal vez sería la vida de un adolescente, entretenido desde la butaca por los inventos recientes, pero sé que no llegaré. Porque el mundo no puede tolerar más de 50 años de vacío contra horror, de indiferencia frente a muerte. ¡No puede! La muerte siempre contraataca.
¿Qué será tan grande para levantarnos de nuestro sopor? ¿Qué será? Y sobre todo, ¿cuándo será?
lunes, agosto 06, 2007
La coherencia
Cuando la crítica al sistema es sistemática, cuando dices que te opones a casi todo, cuando te llenas la boca de las injusticias del mundo, en esa situación, es muy difícil vivir en el mundo.
Es muy difícil mantener la coherencia. Es imposible no vivir en este mundo, de momento, si no aceptas ser un paria errante. Por lo que parece imprescindible acatar ciertas normas mínimas para ser tenido en cuenta. La vida cotidiana de un incómodo está llena de callejones sin salida y de incoherencias.
Cuando critico los vergonzosos abusos de las compañías de telefonía móvil por su impunidad y su vileza y, segundos después, saco el móvil del bolsillo para responder a una llamada de mi novia pierdo toda la credibilidad, los papeles se me mojan y continúo perteneciendo al montón.
Cuando critico la conciencia adormecida de occidente, la desidia intelectual y la complacencia de los medio ricos y, instantes después, enciendo la televisión para ver un partido de fútbol y olvidarme de todo durante un par de horas, pierdo mi credibilidad, se me mojan los papeles y…
Cuando la fácil cantinela antiimperialista habitual de mi generación de burgueses cultos y ‘progresistas’ de pacotilla llena mis discursos y, esa misma tarde, compro dos entradas para consumir su entretenimiento comercial en una sala de cine de Time Warner, pierdo lo que ya sabéis…
Cuando, como convencionalmente debo, me doy cuenta del abuso medioambiental al que sometemos al mundo, de los desequilibrios que debemos dar por sentados para llenar un depósito de gasolina, de las actuaciones multinacionales que tácitamente aprobamos al viajar innecesariamente en coche y, al rato, me monto en mi Honda y cruzo la ciudad para aparcar a escasos 20 minutos de mi casa para cenar con mis amigos, con los que luego iré por ahí, también en coche, en la ciudad, parando en cada semáforo que mis pies evitarían, entonces pierdo mi credibilidad y mi discurso se mancha de gasolina.
Cuando hago todo esto, me retuerzo por dentro y soy normal por fuera.
Extrañamente, cuando me opongo a comprarme ropa porque la mía está perfectamente peses a tener 5 o 6 años, cuando he evitado comprar chismes innecesarios simplemente porque un anuncio de la tele me los ha hecho apetecibles, cuando he guardado en mi bolsa un montón de papeles arrugados para reciclarlos, cuando he descuidado mi imagen para obligar a los que me ven a ir más adentro, cuando he leído u oído y he aprendido a entender los límites de mi libertad en vez de jugar a un videojuego, cuando yendo por la mañana a trabajar he sonreído en el metro al ver la infelicidad tolerada de todos los demás, cuando he espetado en la cara de un tipo estándar y trabajador que el trabajo no es algo bueno, cuando no he gastado dinero no por ahorrarlo sino porque no he necesitado nada, cuando no he hecho caso al banco y no he ganado intereses por mi dinero en inversiones vete a saber dónde, cuando he llenado mis sueños de utopías primitivistas… he sido raro por fuera pero ¡cuán lleno me he sentido por dentro!
Es muy difícil mantener la coherencia. Es imposible no vivir en este mundo, de momento, si no aceptas ser un paria errante. Por lo que parece imprescindible acatar ciertas normas mínimas para ser tenido en cuenta. La vida cotidiana de un incómodo está llena de callejones sin salida y de incoherencias.
Cuando critico los vergonzosos abusos de las compañías de telefonía móvil por su impunidad y su vileza y, segundos después, saco el móvil del bolsillo para responder a una llamada de mi novia pierdo toda la credibilidad, los papeles se me mojan y continúo perteneciendo al montón.
Cuando critico la conciencia adormecida de occidente, la desidia intelectual y la complacencia de los medio ricos y, instantes después, enciendo la televisión para ver un partido de fútbol y olvidarme de todo durante un par de horas, pierdo mi credibilidad, se me mojan los papeles y…
Cuando la fácil cantinela antiimperialista habitual de mi generación de burgueses cultos y ‘progresistas’ de pacotilla llena mis discursos y, esa misma tarde, compro dos entradas para consumir su entretenimiento comercial en una sala de cine de Time Warner, pierdo lo que ya sabéis…
Cuando, como convencionalmente debo, me doy cuenta del abuso medioambiental al que sometemos al mundo, de los desequilibrios que debemos dar por sentados para llenar un depósito de gasolina, de las actuaciones multinacionales que tácitamente aprobamos al viajar innecesariamente en coche y, al rato, me monto en mi Honda y cruzo la ciudad para aparcar a escasos 20 minutos de mi casa para cenar con mis amigos, con los que luego iré por ahí, también en coche, en la ciudad, parando en cada semáforo que mis pies evitarían, entonces pierdo mi credibilidad y mi discurso se mancha de gasolina.
Cuando hago todo esto, me retuerzo por dentro y soy normal por fuera.
Extrañamente, cuando me opongo a comprarme ropa porque la mía está perfectamente peses a tener 5 o 6 años, cuando he evitado comprar chismes innecesarios simplemente porque un anuncio de la tele me los ha hecho apetecibles, cuando he guardado en mi bolsa un montón de papeles arrugados para reciclarlos, cuando he descuidado mi imagen para obligar a los que me ven a ir más adentro, cuando he leído u oído y he aprendido a entender los límites de mi libertad en vez de jugar a un videojuego, cuando yendo por la mañana a trabajar he sonreído en el metro al ver la infelicidad tolerada de todos los demás, cuando he espetado en la cara de un tipo estándar y trabajador que el trabajo no es algo bueno, cuando no he gastado dinero no por ahorrarlo sino porque no he necesitado nada, cuando no he hecho caso al banco y no he ganado intereses por mi dinero en inversiones vete a saber dónde, cuando he llenado mis sueños de utopías primitivistas… he sido raro por fuera pero ¡cuán lleno me he sentido por dentro!
lunes, febrero 05, 2007
Sic transit gloria mundi

Esta es una de las viñetas finalistas del concurso de la ONU sobre "humor" gráfico. ¿Qué más decir? Visítenlo
lunes, enero 15, 2007
jueves, enero 04, 2007
El trabajo que no es
Ora et labora...
Me limito a orar, si les parece. Desde mi puesto de trabajo escribo estas líneas viviendo en mis carnes la falacia de la existencia contemporánea. Estoy siendo subvencionado para perder mi tiempo (a mi juicio lo gano) escribiendo acerca de mi vida y de mis sinsentidos.
No encuentro sentido a la relación establecida entre tiempo y dinero. Tal vez el viejo Marx podría aclararme un par de cosas... Si a lo largo de mi vida llegaré a creer que el dinero que recibo a final de mes por mi "trabajo" es bien merecido, aquí quiero dejar constancia de que hoy no lo creo así.
Llevo ahora mismo 13 horas "trabajando", en dos lugares... y todo lo que recibiré a cambio es... dinero. No entiendo. ¿Qué relación tiene el tiempo con el dinero? ¿Acaso podré comprar mi tiempo con ese dinero? no, solamente podría comprar el tiempo de otros. Soy, pues, un esclavo. No puedo comprar mi libertad, solamente otro podría hacerlo, sólo otro puede comprar mi tiempo. Yo no puedo obtener tiempo de ese dinero que me dan por mi tiempo. No quiero dinero por mi trabajo, no lo quiero. Quiero el tiempo y quédense ustedes con el dinero. Lo único que me trae el dinero es el valor de mi comida, lo único que me trae el dinero es el valor de mi subsistencia, ensuciada por el ruido consumista.
Así pasa la gloria del mundo... en horas compradas y huidas, atado a un palo que no veo, con una cuerda que no me atrevo a romper.
Sólo quédense con esto: el dinero no comprará nunca su tiempo, almenos el dinero que se gana trabajando.
De veras, me siento absurdo. Estas palabras las escribo en la perplejidad más lúcida de la que soy capaz ahora. De veras no creo que las últimas 12 horas de mi vida valgan un dinero... será mucho para lo que marcan mis canones de edad, tal vez 1000, 2000 euros, que se llaman... mucho, y suscitará la admiración o envidia de mis contemporáneos... ¿Y? No valen dinero mis horas, mis horas valen horas y ese símbolo que llamamos trabajo, que algunos llegan a adorar, nos está matando.
Trabajo generando inutilidad, no he salvado la vida de nadie, no he generado comida ni bebida, no he contribuido en nada a tu subsistencia...
Me limito a orar, si les parece. Desde mi puesto de trabajo escribo estas líneas viviendo en mis carnes la falacia de la existencia contemporánea. Estoy siendo subvencionado para perder mi tiempo (a mi juicio lo gano) escribiendo acerca de mi vida y de mis sinsentidos.
No encuentro sentido a la relación establecida entre tiempo y dinero. Tal vez el viejo Marx podría aclararme un par de cosas... Si a lo largo de mi vida llegaré a creer que el dinero que recibo a final de mes por mi "trabajo" es bien merecido, aquí quiero dejar constancia de que hoy no lo creo así.
Llevo ahora mismo 13 horas "trabajando", en dos lugares... y todo lo que recibiré a cambio es... dinero. No entiendo. ¿Qué relación tiene el tiempo con el dinero? ¿Acaso podré comprar mi tiempo con ese dinero? no, solamente podría comprar el tiempo de otros. Soy, pues, un esclavo. No puedo comprar mi libertad, solamente otro podría hacerlo, sólo otro puede comprar mi tiempo. Yo no puedo obtener tiempo de ese dinero que me dan por mi tiempo. No quiero dinero por mi trabajo, no lo quiero. Quiero el tiempo y quédense ustedes con el dinero. Lo único que me trae el dinero es el valor de mi comida, lo único que me trae el dinero es el valor de mi subsistencia, ensuciada por el ruido consumista.
Así pasa la gloria del mundo... en horas compradas y huidas, atado a un palo que no veo, con una cuerda que no me atrevo a romper.
Sólo quédense con esto: el dinero no comprará nunca su tiempo, almenos el dinero que se gana trabajando.
De veras, me siento absurdo. Estas palabras las escribo en la perplejidad más lúcida de la que soy capaz ahora. De veras no creo que las últimas 12 horas de mi vida valgan un dinero... será mucho para lo que marcan mis canones de edad, tal vez 1000, 2000 euros, que se llaman... mucho, y suscitará la admiración o envidia de mis contemporáneos... ¿Y? No valen dinero mis horas, mis horas valen horas y ese símbolo que llamamos trabajo, que algunos llegan a adorar, nos está matando.
Trabajo generando inutilidad, no he salvado la vida de nadie, no he generado comida ni bebida, no he contribuido en nada a tu subsistencia...
miércoles, octubre 18, 2006
La periferia
La teoría estructuralista de las Relaciones Internacionales habla de que existe un centro y unas periferias que orbitan a su alrededor. El centro sería el mundo occidental y las periferias lo que no es occidente. Hay quien apunta que hoy existe también una semiperiferia (que habría dejado de ser periferia) que sería el sud-este asiático y los países "emergentes".
Esta teoría dice, a grandes rasgos, que el sistema no puede subvertirse por que cada periferia tiene su propio centro y el centro su propia periferia y que los intereses de los centros son comunes mientras que los intereses de las periferias son distintos.
Para hablar en cristiano: los intereses del poder occidental, multinacionales, estados y otros elementos, coinciden con los intereses del poder del mundo pobre, los célebres multimillonarios corruptos, las familias aristócratas, etcétera, y que en cambio los intereses de los pobres del primer mundo, Europa del este, partes de EUA, son diferentes de los intereses de los pobres del mundo pobre, el 90% del tercer mundo.
Quizá esto es así y las periferias occidentales no tienen nada que ver con las tercermundistas pero yo digo: las periferias tercermundistas, los realmente pobres, ¿no están tomando conciencia de clase, como diría Marx? ¿No son conscientes cada día más de que son la parte más desfavorecida de un sistema que admite sus situación como un mal estructural?
No he estado en el tercer mundo aún y espero estar allí alguna vez pero creo sinceramente que el tercer mundo está tomando consciencia de su existencia y de que comparte su desesperación con muchos de sus vecinos y con algunos países del mundo.
Si esto no es así y los países pobres y explotados siguen estando aislados entre sí, eso sí que es una desgracia. Porque sólo desde una conciencia común se puede articular una revolución que subvierta el sistema actual totalmente.
Sigo confiando en el tercer mundo como guardián de lo que nos queda de humanidad y de primitivo amor por la felicidad, el respeto, la natueraleza y la vida de los demás. De veras confío en que un día el tercer mundo se alzará y sin más armas que su deseperación nos hará, como mínimo, tambalearnos.
Y no estoy diciendo que "el tercer mundo se desarrollará", no es esa mi idea de revolución. El "desarrollo" es una falacia derivada de la mentira del progreso, "desarrollo" es ya hoy llegar a ser como occidente no mejorar, llegar a vivir bien, feliz y contento... Principalmente porque occidente no es así, ni feliz, ni vive bien, ni nada de todo eso. Occidente es un enfermo mental de 65 años que morirá pronto o bien víctima de un tercer mundo rebotado o bien víctima de su propia esquizofrenia.
Per eso ya es otra cosa...
Esta teoría dice, a grandes rasgos, que el sistema no puede subvertirse por que cada periferia tiene su propio centro y el centro su propia periferia y que los intereses de los centros son comunes mientras que los intereses de las periferias son distintos.
Para hablar en cristiano: los intereses del poder occidental, multinacionales, estados y otros elementos, coinciden con los intereses del poder del mundo pobre, los célebres multimillonarios corruptos, las familias aristócratas, etcétera, y que en cambio los intereses de los pobres del primer mundo, Europa del este, partes de EUA, son diferentes de los intereses de los pobres del mundo pobre, el 90% del tercer mundo.
Quizá esto es así y las periferias occidentales no tienen nada que ver con las tercermundistas pero yo digo: las periferias tercermundistas, los realmente pobres, ¿no están tomando conciencia de clase, como diría Marx? ¿No son conscientes cada día más de que son la parte más desfavorecida de un sistema que admite sus situación como un mal estructural?
No he estado en el tercer mundo aún y espero estar allí alguna vez pero creo sinceramente que el tercer mundo está tomando consciencia de su existencia y de que comparte su desesperación con muchos de sus vecinos y con algunos países del mundo.
Si esto no es así y los países pobres y explotados siguen estando aislados entre sí, eso sí que es una desgracia. Porque sólo desde una conciencia común se puede articular una revolución que subvierta el sistema actual totalmente.
Sigo confiando en el tercer mundo como guardián de lo que nos queda de humanidad y de primitivo amor por la felicidad, el respeto, la natueraleza y la vida de los demás. De veras confío en que un día el tercer mundo se alzará y sin más armas que su deseperación nos hará, como mínimo, tambalearnos.
Y no estoy diciendo que "el tercer mundo se desarrollará", no es esa mi idea de revolución. El "desarrollo" es una falacia derivada de la mentira del progreso, "desarrollo" es ya hoy llegar a ser como occidente no mejorar, llegar a vivir bien, feliz y contento... Principalmente porque occidente no es así, ni feliz, ni vive bien, ni nada de todo eso. Occidente es un enfermo mental de 65 años que morirá pronto o bien víctima de un tercer mundo rebotado o bien víctima de su propia esquizofrenia.
Per eso ya es otra cosa...
martes, septiembre 26, 2006
Salvador Puig Antich... o Bin Laden

Al acabar la película "Salvador Puig Antich", emocionante y lacrimal rememoración de los últimos días de un antifranquista, aparecen curiosamente la imagen de este hombre de la izquierda así como las archiconocidas vistas de las Torres Gemelas el 11-S del 2001, los trenes de Madrid el 11-M, también imagenes de Vietnam si no recuerdo mal... Imagenes de guerra para los que no quieren ver más allá, al fin y al cabo.
De lo que la mayoría no se da cuenta de que la aparición del amigo Bin Laden al final precisamente de esa película expresa un tácito apoyo a sus acciones y a su comportamiento anti-sistémico.
Puig Antich fue un luchador contra el statu quo, un revolucionario tal vez que quiso dedicarse a socavar las bases del sistema imperante en España y para ello tuvo que adoptar una vida clandestina e ilegal, para ese mismo statu quo.
Era un renegado, un "burgués jugando a la guerra" por ideales que seguía porque no tenía nada más que hacer. Un paria. La oveja más negra, la manzana más podrida. Y díganme, ¿qué es Bin Laden hoy si no eso? Las imagenes del final de la película son las de actos contra el statu quo, contra el imperio, son imagenes de denuncia de las guerras de Iraq, ofensivas para el imperio...
Me parece muy valiente la apuesta del director, o quien sea que decide eso, que ya sabía que sólo unos pocos notaríamos el matiz: "Sale Bin Laden. Y la película está del lado de Bin Laden. Se pone a Bin Laden al lado de Salvador. Se pone la lucha de los oprimidos del mundo al lado de la lucha de los oprimidos de la España franquista. Si se pone a Bin Laden y sus "fec
horías" es para hablar a su favor". Para mi se trata de unas imágenes que expresan: "Aún hay gente que continua en la lucha contra los opresores imperialistas y que está dispuesto a vivir cladndestinamente para poder atacar, para poder continuar socavando los cimientos del sistema que se pudre y mata a tantas personas en el mundo. Todavía hay gente dispuesta a aguantar una demonización propagandística sistemática por defender unos valores distintos. Todavía hay quien se destaca de la mayoría y va un paso más allá".Hoy muy poca gente piensa en el policia al que mató Puig Antich... Se lo tenía merecido. Se me antoja que se parece al caso de los muertos en las Torres Gemelas.
Un aplauso desde el hogar del librepensador para el director de "Salvador" o para quien le sugiriera poner las imagenes que pone al final de la película. Valiente, aunque destinado, creo, a un público reducido, el que sepa entender que las imágenes se están poniendo del lado del que lucha contra el sistema, del que resiste...
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